“PARA SER LIBRES Y SERVIR A LOS DEMÁS, HAY QUE DARLO TODO”

Homilía del P. Eugenio Valenzuela SJ

Celebración fiesta de San Ignacio de Loyola

Red Apostólica Ignaciana

Iglesia San Ignacio, domingo 31 de julio 2011

Queridos hermanos y hermanas,

Hoy celebramos como Red Apostólica a San Ignacio, con los sentidos marcados por la imagen de miles de personas marchando por las calles en distintas ciudades de nuestro país. Muchos de nosotros estamos con el corazón inquieto, preguntándonos cómo ser fieles al Evangelio en estas encrucijadas en las que el Señor nos pide adelantar, hacer presente, su Reino.

Quizás aún no somos capaces de ponderar todo lo que está sucediendo en nuestro país, tampoco cuánto nos cuestionan los sufrimientos de nuestro pueblo y de nuestra Iglesia. Esta mañana esta Red Apostólica, hombres y mujeres inspirados por la experiencia de Jesús que tuvo Ignacio, se transforma en una asamblea litúrgica que quiere discernir los signos de este tiempo. Como comunidad reconocemos que Dios “derrochó su gracia en nosotros”, y acogiendo esa gracia queremos responder con mayor justicia a los desafíos que nos plantea la realidad que vivimos.

Ante la crisis de la vida política; ante el desborde de la representación ciudadana para dar cauce a las demandas de justicia en la educación, en la reconstrucción o en la respuesta a quienes llevan décadas esperando en los campamentos; ante la defensa del pueblo mapuche; ante la indignación por la lógica criminal de las repactaciones unilaterales de los créditos; ante la desesperanza por nuestra crisis de coherencia y credibilidad como iglesia, San Ignacio nos invita hoy a volver a ponernos con Jesús y a elegirlo para dar testimonio de que otro modo, su modo, es posible.

Hoy en esta celebración, somos puestos con el Hijo en un diálogo franco, donde tenemos que poner todos los asuntos que nos afectan, porque sabemos por experiencia que si en la relación con Jesús no lo ponemos todo, si esa relación no se puede hacer cargo de todo lo que nos afecta, esta relación no sirve para nada. Es así de radical.

Como a los discípulos, a nosotros Jesús nos pregunta “¿Qué andan por ahí diciendo de mí?” Quizás algunos responderían: dicen que ya te fuiste, que no estás en la Iglesia, que es mejor encontrarse contigo a solas, sin instituciones, sin comunidad, sin prójimo, sin hermanos, sin anunciarle nada a nadie…

Con seguridad Jesús nos seguiría preguntando “¿Y entonces, quién soy yo para ustedes?” La respuesta a esta pregunta la tenemos que dar cada uno de forma personal, pero también como Red Apostólica Ignaciana, como Iglesia. La respuesta que demos tiene muchas consecuencias no solo para nuestras vidas sino también para la vida de otros que se verán afectados por nuestra respuesta y sus consecuencias.

Se nos invita a una fiesta, la de los discípulos, una que supone cargar la cruz, compartir el sufrimiento y la muerte de los crucificados, celebrar la pascua del Señor y anunciar la buena noticia del Reino de Dios a todos. Necesitamos libertad para responder a esta invitación y elegir la propuesta de Jesús. Nos enfrentamos a cada momento a la disyuntiva de entrar y ser parte de esta fiesta o buscarnos otra fiesta. No hay una tercera posibilidad. El P. Nicolás nos interpelaba hace unos meses en este mismo templo. “Para ser libres, y para servir a los demás, hay que darlo todo. Hoy estamos en un tiempo en que, o se da todo, o nos quedamos todos a medias”. ¿A qué fiesta queremos entrar? ¿Cuál es nuestra elección?

Nos da miedo responder a la invitación. Reconocer a Jesús como el Señor de la historia y de nuestras vidas conlleva una radicalidad que asusta. Una radicalidad que está atravesada por opciones claras, sin medias tintas… supone “negarse a sí mismo”, “cargar con su cruz”, “venir conmigo”, “perder la vida”. En esta conversación no hay salidas honrosas, no nos podemos quedar mirando desde la distancia.

Probablemente, aún con resistencias, estaremos dispuestos a entrar en esta conversación. Todos hemos entrado en ella alguna vez. Sus palabras nos recordarán a cada uno de nosotros algún momento en que Jesús irrumpió en nuestras vidas como una oportunidad de todo o nada, de seguimiento o vergonzosa excusa. Aunque después hayan venido los escepticismos con los que administramos nuestros fracasos, este diálogo nos pone de nuevo ante la disyuntiva del Pueblo de Israel… “Hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal…”. Nuevamente no hay terceras posiciones.

La pregunta de Jesús ¿quién soy yo para ustedes? nos descubre en nuestras ambigüedades. Nuestra conversión, comienza con un gesto de sencillo reconocimiento: quizás nos hemos acostumbrado a que la relación con Jesucristo sea como un lugar cómodo en que administramos nuestros asuntos pero no en el lugar absoluto donde salimos de la muerte, alcanzamos la libertad, encontramos el pulso que da sentido y que hace que valga la pena gastarse por un amor más grande que la propia vida.

Quizás en algunos de nosotros la relación personal y comunitaria con el Señor descuidada por años de rutina olvidó los gestos de delicadeza y compromiso necesarios en toda relación. Así nuestras búsquedas de alegría no desembocan en los asuntos de Jesús de Nazaret, nuestras luchas por la justicia no añoran la fuerza de Jesús, y muchas veces nuestra fecundidad vocacional no se refiera a su persona y al llamado que él nos hace, nuestras opciones de vida no asumen el modo de vivir de Jesucristo.

Podemos volver al Evangelio de los últimos domingos, nos resuenan las parábolas del Reino. La vida de Jesús en nosotros, su manera de abordar estas crisis que vivimos ahora, es como una semilla: insignificante como la de la mostaza, vulnerable a las aves del camino, mezclada con nuestras cizañas, pero una semilla viva, repleta de iniciativa y de fuerza evangélica. Podemos tomarla en serio y permitirle que dé todo el fruto liberador, pero también podemos abortarla. La vida de Jesús que está creciendo desde dentro en nuestros corazones y en el corazón de la Iglesia nos permite enfrentar con los criterios del Reino las coyunturas de la injusticia, de la desesperanza, de la cobardía… Ella o es el tesoro de nuestra vida, o no es nada.

Así nos lo recordaba el P. Nicolás… “Aquí la paradoja es que para seguir a Cristo hay que morir totalmente, pero para vivir totalmente. Cristo nos pide que elijamos morir con él para vivir con él. El que gana su vida, la pierde; y el que pierde su vida, la gana”.

En esta paradoja el dolor, el sufrimiento, son una oportunidad. Ciertamente esto es más fácil decirlo para el que no sufre. Por eso Jesús tiene autoridad, porque habla desde la cruz, porque su vida muestra que el amor siempre vence. Cuando hemos sufrido hemos sido puestos en una disyuntiva sagrada, en un cruce de caminos que nadie resolverá en lugar nuestro. En uno de los caminos el costo de nuestra opción, nuestra incertidumbre, soledad, impotencia, envejecimiento, crisis de fe, es una estupidez, una vergüenza, una soledad atroz y un sin sentido. Si tomamos ese camino no hay posibilidad de perseverar en nuestra lucha, en nuestra vocación, en nuestro amor primero. En el otro camino, por una gracia regalada e inmerecida, el mismo dolor se convierte en unión con Cristo y los Crucificados, “vale la pena” nuestra propia muerte, nos hace tomar partido con los sufrientes, sus alegrías sencillas, sus luchas e intereses. Nos hace ser Cristo.

Para los que hemos sido llamados por Jesús nuestra opción por ponernos del lado de los que sufren no es algo secundario, es el modo absoluto de creer en el Dios de Jesús. El que ha experimentado el amor no tiene más que amar. Con todas las dificultades que nos trae, con todas nuestras propias ambigüedades, tomar partido del lado de las víctimas se nos impone desde dentro, como un llamado de amor en cuya respuesta se decide nuestra propia vida o muerte: no consiste en darle a los migrantes, a los excluidos del sistema educacional o a los que se sienten excluidos de la Iglesia algo que nos pertenezca, consiste en devolverles lo que les pertenece a ellos en su dignidad. La vida que brota del Reino y que Dios ha dispuesto para todos.

De hecho, la paz, la misericordia, y la justicia que anhelamos, la celebramos en cada Eucaristía. La experimentados nosotros ahora, cuando hacemos fiesta, porque ahora el mismo Cristo parte para nosotros el pan y nos explica las escrituras. Sólo desde este anticipo se hace fuerte nuestra esperanza y nos animamos a preguntarnos cómo ser fieles a la gracia que se nos regala en este momento de la historia. Si el mismo Cristo se nos da ¿podemos hacer otra cosa que darnos? … La promesa de Jesús que celebramos hoy nos mueve a conversión, a vivir desde la gracia que hoy y siempre se nos regala.

Desde su promesa y con su gracia podemos juntos decir: Toma, Señor, y recibe, toda mi libertad, mi memoria, entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer, tú me los diste a ti Señor lo torno, todo es tuyo. Dispón conforme a tu voluntad. Dame tu amor y gracia que esto me basta, para dar la vida, para amar y servir como tú quieres que lo haga y nuestros hermanos necesitan que lo hagamos.

A Dios sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos.

Fiesta de San Ignacio 31 de julio 2011

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